Lo que no se dice también duele: Adolescencia y el arte de incomodar con sentido

 Introducción

Mucho se ha comentado y otro tanto se ha escrito en reseñas, críticas y posteos acerca de la nueva serie de Netflix, Adolescencia. Sin embargo, hoy vengo a compartir mis reflexiones personales luego de ver la mencionada serie.

Para dar contexto sobre desde qué lugar me paro para analizarla, debo aclarar que me considero un hombre bien formado en teorías y perspectivas de género. Incluso, mis trabajos de tesis se encuentran enfocados en ese marco teórico. Soy parte de la comisión de género en mi trabajo, teniendo la tarea de nada menos que ser el referente en situaciones percibidas como acoso laboral o sexual en el ámbito laboral.

Mi grupo de amistades es mixto, aunque claramente se nota una predominancia masculina si retrocedemos en la antigüedad de conformación de cada círculo. Algo que puede entenderse como una construcción personal, pero también como parte de los cuestionamientos que fui elaborando frente a los roles e imposiciones heredadas.

También debo mencionar que soy un hombre heterosexual, blanco, bordeando los cuarenta años, pelado y de barba, nacido y criado en el buen patriarcado: un arquetipo claramente destinado a no poseer una sensibilidad especialmente desarrollada en cuestiones de género. Sin embargo, algunos hitos de mi infancia permitieron mi posterior desarrollo como lo que hoy en día muchos describirían (no sin cierto grado de ironía y resentimiento) como “aliado” de la causa feminista.

Fui criado por una madre fuerte —lo que se llamaría una feminista de la segunda ola— que, a pesar de no haber podido escapar de la dependencia económica hacia mi padre, era muy consciente de su valor para la familia, y sobre todo, de lo que no estaba dispuesta a aguantar de un hombre. Para completar el cuadro de mi hogar, debo mencionar a mi hermana, doce años mayor que yo, que oficiaba de segunda madre: otra mujer fuerte y segura de sí misma, que me hizo conocer otros asuntos y actualizaciones sobre igualdad de género, en temas como la sexualidad, el relacionamiento en los centros de estudio, entre otros.

Crecer en un ambiente con mayoría de mujeres fuertes y presentes fue, sin duda, una correcta inmunización frente al machismo, la misoginia y la homofobia tan presentes en la cultura ochentera y noventera del Río de la Plata.

Ahora que me conocen un poco más y pueden entender desde dónde me paro para pensar esta serie, intentaré compartir un punto de vista que, creo, no se ha mencionado demasiado en las reseñas que leí sobre Adolescencia.

Las que miran de frente

Concentraré mi análisis en tres personajes que, a mi parecer, son claves en el desarrollo de la historia y verdaderas responsables de dar profundidad a la trama. Personajes que pueden pasar inadvertidos frente a la historia central de Jamie y su recorrido por el sistema penal, pero que sostienen, con sutileza y firmeza, los pilares temáticos de la serie.

En primer lugar quiero detenerme en la detective DS (Detective Sergeant, su rango en la policía británica) Misha Frank, interpretada por la actriz Faye Marsay. Un personaje que, a primera vista, puede parecer frío, distante, incluso genérico, si no se presta suficiente atención. Sin embargo, a través de sus interacciones y diálogos con su compañero —y superior en rango— el detective DI Luke Bascombe, empezamos a entender que su actitud es todo menos superficial: es una forma de defensa ante el hastío, la impotencia y el dolor reiterado.

Hay un diálogo en particular en el que Misha se cuestiona su propia motivación y la de su compañero en este caso, mostrando un nivel de resignación que deja entrever que lo que están enfrentando no es nuevo para ella. La situación la atraviesa porque ya la vivió muchas veces: la doble victimización de las mujeres asesinadas. Una especie de doble crimen. El primero, el físico, producto del desborde emocional traducido en violencia del perpetrador hacia su víctima. El segundo, el que más parece afectarla por su cuota de responsabilidad, es el posterior: la invisibilización de la víctima durante el proceso penal.

De más está decir que, en los medios —como reflejo de la sociedad—, se suelen mencionar datos biográficos de la víctima y detalles escabrosos del momento de su muerte, pero tras ese primer momento de indignación colectiva, todo el foco se desplaza hacia el victimario: sus motivos, su pasado, sus traumas, su modus operandi, su paso por centros de reclusión y hasta su posible reinserción. Mientras tanto, la víctima queda en silencio. El olvido social la sepulta. Solo sus familiares y amigos sostienen su memoria. Una vez más, lo femenino queda confinado al ámbito de lo privado, incluso en la muerte. Es un asesinato social que sobreviene al físico.

Pensando en casos que hayan marcado nuestra vida en sociedad, recuerdo claramente a nuestro propio asesino serial y feminicida local, Pablo Goncálvez. Cualquier uruguayo mayor de 40 años, incluso sin interés particular por la crónica roja, podrá recordar detalles de sus crímenes, su reclusión, su liberación, su reinserción. Incluso cuenta con no uno, sino dos libros sobre su vida y crímenes. Ahora bien, ¿quién puede recordar tan siquiera los nombres de sus víctimas, sin googlear? Mucho menos sus historias de vida. Ellas ni siquiera cuentan con una entrada biográfica en Wikipedia. Esa asimetría también mata.

El personaje de Faye Marsay, con apenas unos diálogos bien colocados en los episodios 1 y 2, logra interpelarnos profundamente. Nos obliga a revisar nuestra actitud como espectadores y como sociedad. Nos alerta sobre el riesgo de volvernos consumidores pasivos de estos dramas judiciales y mediáticos. Y redirige nuestra mirada hacia donde verdaderamente importa: la historia y el futuro que les fue arrebatado a las víctimas, y nuestra responsabilidad —como adultos, como educadores, como ciudadanos— en la formación de las nuevas generaciones. Para romper el ciclo. Para romper los roles de género tóxicos que aún nos atraviesan.

Los adultos que intentan

El segundo personaje —o, mejor dicho, conjunto de personajes— en los que quiero detenerme es la Sra. Fenumore, interpretada por Jo Hartley, y con ella, todo el cuerpo docente de la secundaria de Jamie. Si bien su participación es escueta, su figura logra condensar con eficacia la representación de cientos de docentes que podrían estar trabajando en cualquier centro educativo secundario del mundo.

A través de ella, y de algunos cameos de colegas, vemos cómo el equipo docente lidia con un grupo de jóvenes a los que, claramente, no terminan de entender. Jóvenes que parecen impermeables a sus esfuerzos, y en los que cuesta visualizar el efecto real de la educación. Así, se nos presentan como un grupo de adultos vulnerables, desbordados tanto profesional como emocionalmente, intentando —con más voluntad que certezas— hacer lo mejor que pueden y saben. Todo con la esperanza de que algún gesto mínimo —concepto tan bien trabajado por autores como Carlos Skliar (2011)— logre alcanzar a esos jóvenes y sembrar una huella significativa en sus vidas.

La serie muestra distintas estrategias de aproximación de estos docentes: algunos imponen autoridad desde la disciplina o la superioridad física; otros intentan establecer puentes desde el diálogo y la escucha activa; y otros, simplemente, esperan que la jornada termine para salir de un espacio que los interpela, los angustia, los desgasta.

En todos los casos vemos adultos enfrentando situaciones que exceden por completo lo estrictamente formativo. Lo que está en juego no es solo el conocimiento, sino la educación emocional, y en ese terreno, muchos de ellos no cuentan con las herramientas necesarias, más allá de su buena voluntad o experiencia acumulada. La academia podría ofrecer insumos, claro, pero el día a día en esos salones los pone frente a desafíos que dejan poco tiempo para la formación específica en estas temáticas, además de un vacío institucional en el área de la formación en servicio .

Uno de los mayores aciertos de la serie, a mi entender, es evitar la sobre dramatización de los problemas adolescentes. El bullying, el ciberacoso, la negociación de límites sobre el propio cuerpo, la sexualidad frente a los pares… todo eso está, pero no como grandes episodios ejemplificadores, sino como parte de un entramado cotidiano, donde las relaciones de poder están naturalizadas y los adultos apenas logran ver la punta del iceberg.

Lo que aparece, más bien, es una especie de compadecimiento de los jóvenes hacia sus referentes adultos. Una lástima sutil, casi condescendiente, frente a quienes deberían guiarlos pero lucen perdidos ante sus códigos de comunicación, ajenos a la complejidad del mundo adolescente actual.

La vulnerabilidad es compartida: por un lado, los adolescentes, víctimas de relaciones de poder marcadas por el género, la raza, la clase social, o la percepción de habilidades sociales e intelectuales, complejizado por la mediación de la tecnología y las redes sociales que le brindan una plataforma de alcance a otros jóvenes nunca antes visto; por otro, los adultos, supuestos faros en el tránsito hacia la adultez, que no solo se ven desbordados, sino que a menudo terminan ridiculizados o vistos compasivamente por sus propios estudiantes.

El mundo de los hombres

Debo confesar que dejé lo mejor para el final. Es realmente destacable la interpretación de Erin Doherty dando vida a la doctora Briony Ariston, una psicóloga encargada de realizar un informe independiente sobre el estado emocional y mental de Jamie. Su tarea no solo es diagnosticar, sino también brindar herramientas objetivas y confiables para que el juez comprenda cómo percibe y entiende Jamie el mundo que lo rodea y el terrible crimen del que se lo acusa.

El tercer capítulo es, sin duda, el más claustrofóbico y asfixiante de la serie. También es el que mejor aprovecha el plano secuencia como recurso narrativo, potenciando esa sensación de encierro e incomodidad constante.

Desde mi lugar como hombre heterosexual, con los privilegios inherentes a mi condición, me resultó profundamente impactante la sutileza con la que se retrata lo que significa ser una mujer profesional intentando hacer su trabajo en un ambiente fuertemente masculinizado como el sistema judicial y penal. La impotencia que siente la doctora Ariston cuando es físicamente intimidada por el joven protagonista, la invasión de su espacio personal por parte de un funcionario del centro de reclusión, las miradas, los gestos, los comentarios que minimizan su inteligencia y su trabajo —"yo no podría hacer tu trabajo", dicho con una condescendencia insultante— todo transmite una incomodidad visceral, que atraviesa la pantalla y se instala en el cuerpo del espectador.

Para muchas mujeres, supongo, este tipo de situaciones puede pasar inadvertido o estar tan naturalizado que no sorprenda. Pero para quienes, como yo, nunca hemos sufrido ese tipo de agresiones cotidianas del sexo opuesto, el impacto es brutal. La serie logra retratar, sin sensacionalismos ni exageraciones, la violencia sutil —y a la vez devastadora— que las mujeres enfrentan en mundos laborales dominados por hombres.

Lo más inquietante es ver cómo la doctora Ariston activa, casi sin pensarlo, toda una serie de mecanismos para proteger su integridad física y profesional: esquivar confrontaciones directas, suavizar reacciones, mantener la compostura aun en situaciones límite. Es un testimonio silencioso pero poderoso de las estrategias que tantas mujeres despliegan día tras día para sobrevivir y prosperar en un entorno que les exige ser siempre más competentes y menos confrontativas que sus colegas hombres.

Erin Doherty, con su actuación contenida y precisa, nos invita no solo a mirar, sino a sentir —aunque sea un poco— lo que significa habitar esos espacios. Y eso, creo, es uno de los mayores logros de la serie.

Capítulo 4 y conclusiones

Dicho eso, también siento necesario mencionar ciertos aspectos que me resultaron algo contradictorios o menos logrados, especialmente en el último capítulo. Cuando la trama se enfoca en la situación familiar de Jamie, en los meses posteriores a su detención y previos al juicio, la narrativa pierde algo de la profundidad y complejidad que habían tenido los episodios anteriores. Los personajes comienzan a sentirse más esquemáticos, como si el guión se relajara justo en un momento en que todo pedía más intensidad. En lugar de un cierre que condense el peso dramático de lo anterior, el cuarto episodio se percibe más como una pausa emocional —casi como un respiro— para el espectador.

Tampoco puedo dejar de notar una contradicción importante: la serie, que tan bien denuncia la invisibilización de las víctimas, termina cayendo en esa misma trampa. Apenas se aborda la historia familiar de la niña asesinada, ni se profundiza en el entorno y las relaciones de Katie, algo que hubiese enriquecido muchísimo la propuesta. Puede ser que se trate de una decisión narrativa consciente, una forma de guardar esa historia para una segunda temporada —como ya se ha rumoreado—, pero el vacío se siente y deja gusto a deuda pendiente.

Aun con esas observaciones, Adolescencia es una serie que recomiendo profundamente. No solo por su calidad actoral y narrativa, sino porque propone temas urgentes que merecen ser pensados y conversados. Me animo a decir que es una excelente opción para ver acompañados de nuestros hijos pre o adolescentes. Puede funcionar como un punto de partida para abordar esas charlas difíciles que muchas veces esquivamos o no sabemos cómo empezar. La ficción, en este caso, actúa como mediadora, bajando tensiones y abriendo la puerta al diálogo.

Ahora bien, si sos fanático de las series policiales tradicionales o del drama judicial más técnico, es posible que estos cuatro capítulos te dejen con gusto a poco. Pero si buscás historias que incomoden, que sacudan estructuras internas y que dejen algo latiendo adentro una vez que termina el último episodio, entonces Adolescencia es para vos. A mí, al menos, me llevó directo a escribir todo esto.

Esta reseña no pretende ser prescriptiva de como sentir ni interpretar la serie Adolescencia. Solo busca compartir, desde una mirada subjetiva y situada, aquellos elementos que más me impactaron y que considero algunos de los grandes aciertos de la serie. Ojalá sirva para sumar una perspectiva más al debate y, con suerte, aportar algún disparador para la reflexión.

Si llegaste hasta acá, gracias por leer con respeto y paciencia. Hasta la próxima entrada.

Comentarios

  1. Concuerdo con sus palabras, estimado. Como mujer, las incomodidades e impotencia se sintieron a flor de piel.

    También quedé esperando que se indagara sobre la vida de la adolescente víctima de femicidio, esperemos que una segunda temporada pueda redimirse de ese error.

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